‘Adéu, habibi’

El rótulo del RESTAURANTE empezó a derramarse por el centro, letra a letra, a mediados de los ochenta. Dentro, sobre las baldosas empachadas de lejía, doña Cayetana envejecía al mismo tiempo que las servilletas, los espejos y los almanaques que caducaban año tras año sin que sus respectivos cristos se dieran por aludidos. Allí seguían, como tatuajes en la pared, con los ojos atónitos y el corazón espinado abierto, siempre a punto de ser trasplantado y cada vez con menos donantes.

Todo cambió una noche de ventolera, hace ahora tres años. El cartel amenazaba con perder su AURA por completo: la última A temblaba contra el muro con una cadencia relojera tan perfecta que logró despertar el interés de la niña ocupa. Al verlo, la muchacha pensó que se trataba de una protesta espléndida y dejó de remover entre los muebles abandonados para ofrecerse a apuntalar la parte RESTANTE.

Así se lo dijo y doña Caye, que sentía debilidad por los juegos de palabras, cerró su cuaderno de crucigramas y sin pensarlo dos veces la invitó a un plato de caldo, pero resultó demasiado grasiento para su biocultivado estómago.

– No abuse del aceite, doña, y le lleno el garito cada día -prometió.

En dos meses, Cayetana aprendió que kitsch era un adjetivo que se ajustaba a todos los objetos de su salón. A los seis, ya sabía distinguir un flier (1) de un matamoscas. Y cumplidos los doce, las notas de se-comparte-piso se mezclaban con las de mañana-concentración bajo la repisa del San Francisco. Todas aliñadas con k de Kaye.

Por aquel entonces entró en el RESTANTE Mohammed, el primero de los diez que rápidamente se convirtieron en asiduos del lugar. También Alí, Mustafá y Abdul oyeron que la señora preparaba unos deliciosos pestiños y que, siguiendo los consejos de la niña ocupa, jamás guisaba carne de cerdo.

Animada por la novedad, Cayetana improvisó una variante castiza del cuscús y otra, extremadamente mesetaria, del tabule. Después de aquello la clientela aumentó a la velocidad de la levadura y hubo que contratar a Eugenia María. La dominicana no cobraba demasiado y, a cambio, solo exigía una casete diaria de música caribeña y un rincón junto a la nevera donde colocar platos con frutas para Iemanjá.

Semejantes rarezas divertían a Cayetana las pocas veces en que se sentaba a descansar. A partir de las dos de la tarde era imposible encontrar mesa en el comedor y tenía que inventar sillas y sortilegios para acomodar a su habibis (2): “Ochocientas el menú y otras vitaminas para la salud”, escribió en el escaparate con un spray violeta. “Setecientas si en la barra te sientas”.

Al leerlo, doña Rosita concluyó que las extravagancias de su antigua compañera de peluquería rayaban en el delirio y decidió arrancarle una explicación sobre aquel estrambótico gallinero. No solo no la consiguió, sino que además tuvo que salir huyendo antes de ser aplastada por una T que apuntaba sobre su cabeza mientras que la de Cayetana le inventaba una contundente retahíla de insultos multiétnicos. Una oratoria similar empleó la noche en que un par de skins la llamaron vieja chocha y comunista.

Todo aquel temple desapareció de golpe una mañana del pasado abril. Estaba cerrando la puerta de su casa, cuando oyó en la de al lado una voz muy añorada. Provenía del contestador de uno de sus vecinos:

– Hola, familia. Espero que estéis bien. Os llamo únicamente para deciros que me habéis convencido: no pienso vivir solo ni un día más. Pero ya charlaremos el lunes. Llegaré a eso de las doce. Adéu (3).

Siempre se le escapaba el adéu final. Incluso después de que le valiera un disgusto en el 49. De aquello se acordaba bien Cayetana. Desde entonces aborrecía las despedidas. La peor fue la penúltima, el día en que Jaume le anunció su boda. La que le siguió fue menos dolorosa. Ella supo distraerse leyendo la etiqueta que colgaba de la maleta con destino a Barcelona.

Ahora, seis años después de quedarse viudo, el único hombre al que había amado estaba a punto de regresar. Volvía el antiguo piso de sus suegros para vivir con su hija. La noticia hizo que Cayetana entrase de nuevo en su casa para mecer los nervios en la butaca. Necesitaba sus calendarios para ordenar los años y las ideas, pero estaban en el RESTAURANTE, perdidos entre consignas que harían enfadar a Jaume.

A su amado tampoco le gustaba la gente morena. Si acabó casándose con Teresa fue precisamente porque tenía la tez muy blanca. Cayetana no podía competir con ella por más limón que se diese en la cara. Algún persistente gen se empeñaba en recordarle que era prima de califas. Por suerte, su piel se había descolorido con los años. Los ojos también, pero eso era lo de menos. Lo importante era demostrarle que aquella alocada jovenzuela que solo pensaba en verbenas y rompecabezas se había convertido en una apacible mujer. Esta vez no podía cometer un solo error.

Para empezar, Eugenia María no necesitaba finiquitos. Prefería comprarle los pendientes dorados y pagárselos bien, incluso algo por encima de su precio. A la niña ocupa la saludaría en la plaza de tanto en tanto, cuando coincidieran. Nadie podía criticarla por eso. Además, la muchacha le había jurado que en adelante pensaba teñirse el pelo solo con colores humanos. Por Mohammed y sus tocayos no había que preocuparse. El barrio se había llenado de restaurantes árabes con aquellas bobinas de carne que ella se negaba a instalar porque se mareaba con el olor de aquel hilar sin fin.

Y así fue como Cayetana decidió que aquél iba a ser el último día del RESTANTE. Esa noche las raciones fueron generosas, los cafés gratis y el helado de turrón, pero la doña no quiso desvelar el motivo de tanto derroche. Devolvió apresuradamente todos los besos, cada pellizco en su bata de flores, y después de que saliera el último cliente se sentó a ensayar una nota de despedida.

Pese al esfuerzo, sólo consiguió copiar los cuadros de los manteles. Por primera vez le faltaban las palabras: las grandes se le atragantaban y las pequeñas le sabían a hiel, a sal y a no. Finalmente, la persiana se desplomó con más estruendo que de costumbre y el cartel se quedó titilando mientras Cayetana volaba hacia su portal sin mirar atrás.

El lunes, a eso de las doce, salió a comprar fingiendo desenvoltura. Repitió el paseo cuatro veces y en una de ellas se le cayó el pendiente. Andaba buscándolo, arrodillada en la escalera, cuando lo encontró la punta de un zapato de baile. Junto a él, dos mocasines con borlas:

– Cayetana, ¡Déu meu! ¿Que no me reconoces? Mira. Yosmara, ésta es la vecina de la que siempre te hablo. Pero levántate, mujer, que te presento a mi esposa. La pobre está muerta de frío, no acaba de acostumbrarse a este clima. Tendríamos que habernos quedado en La Habana, pero os echaba de menos. ¿Cuánto hace que no nos vemos?

Apretó la boca y, sin querer, los puños mientras corría hacia el restaurante. Se sentía torpe, sin fuerzas en las piernas para remontar aquel río que bajaba cargado de gentes extrañas, con extrañas melenas negras y negros bolsos gigantes de donde salían ropas, flores, músicas y niños que jugaba a inventar juguetes. Y, de repente, descubrió que todo había cambiado mientras ella estaba encerrada en la cocina, tan solo preocupada por transformar sus grandilocuentes sopas de letras en suculentos números.

Se apoyó exhausta en la persiana, clavando los dedos en sus huecos. Tenían el polvo más oscuro que la noche anterior. Cuando se atrevió a alzar la mirada hasta el viejo cartel vio menos letras que nunca. Solo quedaban las tres primeras.

Prefirió engañarse y leerlas del revés, entretenerse conjugando el verbo de los misterios, pero finalmente tuvo que darse por vencida y admitir que Jaume lo había intentado. Con paciencia de enamorado trató de convencerla durante años de que amar en catalán sonaba tan bien como en francés, hasta que finalmente comprendió que en realidad ella no quería aprender NADA.

1 Flier: díptico (inglés)

2 Habibi: amado/amada (árabe)

3 Adéu: Adiós (catalán)

Res: nada (catalán)

Editorial: Opera Prima
Año de edición: 2001
136 páginas
ISBN: 84-95461-12-9

La editorial Opera Prima reúne en esta antología 35 microrrelatos de autores españoles y extranjeros que afrontan desde la literatura los múltiples matices que se derivan de lo que en barrios mestizos como Lavapiés está aconteciendo.
Nombres como los de Lorenzo Silva, José Luis Sampedro, Benjamín Prado, Javier Puebla, Magda Bandera, Javier Arévalo o Paula Izquierdo, además de muchos otros autores consagrados y noveles, aparecen con relatos inéditos en la nómina de esta antología, que nace con la vocación de constituir un foro abierto, plural y literario.

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